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Trabaja en ti (¡pero no como te lo vendieron!)

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Hay una frase que suelo escuchar muchísimo en circulos de sanación: "Trabaja en ti."


Durante años la he escuchado y siempre me generaba una mezcla rara de reconocimiento e incomodidad. Suena bien, suena a que es importante. Pero también puede sonar exactamente igual que cualquier slogan con música épica de fondo y ningún contenido real detrás.


Lo que fui entendiendo con el tiempo es que el problema no es la frase. Es la industria que se armó alrededor de ella.


Porque sí, creo genuinamente que el desarrollo personal precede muchos otros tipos de desarrollo. Pero esa idea tiene poco que ver con levantarte a las cinco de la mañana, echarte agua con hielos en la cara, manifestar abundancia o sonreír mientras te va de la patada. Y tiene mucho menos que ver con ese estado de productividad emocional permanente como si eso fuera una virtud. Y es que sí... me ha tocado leer quienes quieren medir su sanación con KPIs.


Persona sentada junto a una ventana con luz natural, expresión reflexiva y cansada, sosteniendo una taza de café.
A veces el trabajo interno se parece más a esto que a cualquier ritual.

Lo que creo que sí es verdad

La vida no premia mágicamente a la gente "trabajada". Eso sería una simplificación bastante irresponsable. La vida real está llena de personas atravesando duelos devastadores, enfermedades, precariedad, violencia generalizada, relaciones difíciles. El desarrollo personal no es una varita que resuelva condiciones estructurales, económicas o familiares. Eso hay que decirlo con total honestidad.


Pero a pesar de todo, el trabajo interno sí importa. No porque cambie las circunstancias necesariamente, sino porque puede transformar la manera en que las atravesamos. Y esa diferencia, aunque no sea visible desde afuera, es enorme desde adentro.



¿Qué pasó con el desarrollo personal en el camino?

El desarrollo personal contemporáneo, especialmente el que viene del mundo del coaching, terminó definiéndose como la capacidad de expandir habilidades, hábitos y disciplina para alcanzar éxito, bienestar o alguna versión premium de uno mismo. Y no todo eso es basura, la verdad. Parte de ese movimiento sí ayuda a mucha gente a salir de estados profundamente pasivos, a responsabilizarse, a poner palabras a lo que antes ni siquiera tenía forma: límites, autoestima, patrones, propósito.


Pero cuando algo se industrializa, se deforma. Poco a poco, el desarrollo personal empezó a parecerse más a una exigencia que a una liberación. Siempre algo más que corregir, algo más que sanar, algo más que optimizar de tu vida o de tus hábitos... como si el descanso fuera pereza disfrazada y el dolor fuera señal de que vibras "bajo". Como si el ser humano tuviera que estar eternamente en proceso de convertirse en su mejor versión, sin que nadie explicara bien cuándo se supone que eso termina.


Y el resultado es bastante paradójico: personas agotadas intentando trabajarse como si la sanación fuera una competencia, personas espiritualizando el autoabandono, personas con "cursitis" que consumen terapias en cantidades brutales sin realmente aprender a habitarse.


Persona frente a espejo empañado con expresión neutra, iluminación íntima, estilo fotográfico documental.
Habitarte no significa gustarte siempre. Significa no irte.

Lo que algunas mentes más serias dijeron al respecto

Curiosamente, distintas corrientes —tanto psicológicas como filosóficas— llevan décadas intentando nombrar esto, aunque con lenguajes muy distintos entre sí.


Carl Rogers hablaba del crecimiento no como perfección sino como congruencia: que lo que sentimos, pensamos y expresamos deje de estar tan fracturado dentro de nosotros. Para Rogers, el proceso de convertirse en persona no era "superarse a sí mismo", era acercarse cada vez más a una experiencia más auténtica de sí.

Abraham Maslow entendía que el ser humano necesita bases mínimas de seguridad, dignidad y pertenencia para poder expandirse. Eso importa recordarlo hoy, porque no toda dificultad humana se resuelve ajustando tu forma de pensar.

Viktor Frankl, después de sobrevivir campos de concentración, escribió algo que todavía me parece incómodo y necesario: que incluso en condiciones extremas, hay una última libertad interior, que es la posibilidad de elegir la actitud con que uno enfrenta su experiencia. Esto nos ayuda a modificar la relación que tenemos con el dolor. No lo quita, lo modifica.

Y Carl Gustav Jung, que desconfiaba profundamente de cualquier tipo de crecimiento que negara la sombra, tenía razón cuando decía que tarde o temprano todo lo que reprimimos termina saliendo: en síntomas, en vínculos deteriorados, en ansiedad, en control o en formas silenciosas de destruirnos que ni siquiera reconocemos como nuestras.



Lo que fui entendiendo después de tantos años

Cada vez creo menos en el desarrollo personal como perfeccionamiento. Y cada vez creo más en él como capacidad de relación: la relación contigo, con tu cuerpo, con tu historia y tu dolor, con tus límites, tu gozo y placer, tu cansancio... con aquello de ti que todavía no entiendes del todo.


El dinero puede crecer, la pareja puede llegar, el trabajo puede expandirse, la espiritualidad puede volverse más profunda... pero todo eso termina sostenido, tarde o temprano, por la manera en que te habitas a ti mismo.


Es decir: la relación contigo es previa a cualquier tipo de desarrollo.

Hay personas con éxito financiero que viven emocionalmente devastadas. Personas profundamente espirituales incapaces de poner límites sin culpa. Personas que aman con devoción pero que no saben conectar sin miedo al abandono. Y al mirar eso de cerca, uno empieza a entender que el problema no siempre es la falta de oportunidades, pareja o reconocimiento. A veces era una estructura interna agotada intentando sostenerlo todo.


Por eso creo que el desarrollo personal precede muchos otros tipos de desarrollo. No como fórmula, mucho menos como garantía; sino porque inevitablemente construimos nuestra vida desde el estado de relación que tenemos con nosotros mismos.


Persona recostada mirando al techo con ojos abiertos, luz natural diurna, ambiente tranquilo sin urgencia.
Descansar también es trabajo interno. De los más difíciles, además.

Y esto no siempre se ve espectacular

A veces el desarrollo personal se parece más a dejar de hablarte con crueldad. A saber pedir ayuda cuando realmente lo necesitas. A reconocer tus heridas sin hacer de ellas toda tu identidad.


Creo que en realidad no es hacer más para ser mejor persona, sino necesitar menos de todas esas versiones viejas de ti. Como quitarle capas a una cebolla.

Desde ahí empieza a cambiar una cantidad enorme de cosas.


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Y si algo te movió, ya sabes que puedes agendar una sesión uno a uno conmigo.


© Mike Aryan. Todos los derechos reservados

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