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El desencanto millennial

Hace poco volví a ver a mis amigos de la preparatoria.

Esta vez no fue en una casa ni en una reunión por festejo de cumpleaños: fue en un restaurante, con el ruido del Super Bowl de fondo, pantallas prendidas, meseros atendiendo y conversaciones cruzadas que no eran nuestras.


Y aún así, hablamos de lo importante.


Grupo de amigos adultos conversando en un restaurante sobre sus inquietudes y desencantos en la madurez.
Las conversaciones más importantes suelen ocurrir en medio del ruido cotidiano.

Empezaron a aparecer los temas que nos inquietan desde hace años, pero que ahora descubrimos que ya no se pueden seguir pateando: el cuerpo que ya no responde igual, el dinero que nunca termina de alcanzar como se suponía, las familias que no se formaron como imaginábamos y los trabajos que no resultaron ser ese lugar de realización que nos prometieron.


Pareciera una charla triste pero en realidad era una plática bastante honesta.

Y sin dramatismo, apareció algo que muchos estamos viviendo y que nos ha costado nombrar: el desencanto de nuestra generación millennial.



No es crisis de edad, es crisis de guion

Cuando se habla de nuestra generación, muchas veces se reduce todo a una palabra: soledad.

Pero la verdad, esa palabra se queda corta.


La mayoría de las personas con las que trabajo —y nosotros mismos en esa mesa— no estamos aislados. Tenemos gente, contactos, empleos, grupos, mensajes, redes de apoyo. Lo que aparece no es ausencia de vínculos, sino desorientación ante un mundo que está evolucionando demasiado rápido.

Y esa sensación —en muchos de nosotros— de sentir que tenemos una vida estructurada y aún así no nos sentimos sostenidos.

Ese matiz cambia todo.


Durante nuestros años formativos (la década de los 80 y 90) nos dijeron cómo debía verse una vida adulta exitosa:

  • estudiar y actualizarse,

  • trabajar duro (de lo que estudiaste),

  • crecer bajo un esquema (porque no hay otra forma),

  • lograr estabilidad (porque es lo mínimo esperable),

  • formar familia (porque es el deber ser)

  • y además, hallar sentido.


Muchos seguimos ese guion con disciplina. Y hoy, a los treinta y tantos o cuarenta y tantos, aparece la pregunta incómoda:

"Si hice todo lo que se suponía… ¿por qué aún no me siento en casa?"


El relato con el que crecimos dejó de sostener la experiencia real.



El duelo por la promesa no cumplida

Hay un duelo del que no se habla porque no tiene una despedida clara, y es el duelo por la vida que pensamos que íbamos a tener. A eso se le llama duelo silenciado o desautorizado.


Y no es que todo haya salido mal, sino que muchas cosas no salieron como se prometieron:

  • la estabilidad laboral es frágil (siempre lo ha sido),

  • el futuro se siente incierto (los cambios son inevitables),

  • el cuerpo se cansa antes (el estrés silencioso),

  • el descanso cuesta (porque nos enseñaron a ser hiper productivos),

  • el sentido no llega solo (hay que construirlo).


Este tipo de duelos a veces se viven como irritabilidad, apatía, comparación constante o sensación de "en algo estoy fallando". Y no necesariamente es así.


Representación contemporánea del Cuatro de Copas del Tarot: adulto reflexionando en un parque durante una crisis existencial.
Cuando lo que antes llenaba ya no alcanza, el alma pide escucha.

Este duelo no aparece explícitamente en contextos de salud mental, pero en el Tarot se parece mucho al Cuatro de Copas: ese momento en que lo que antes nos satisfacía ya no llena, y hay que aprender a escuchar la sensación como invitación, no como fracaso.



Culpa individualizada

A nuestra generación nos dijeron: "puedes ser lo que tú quieras". Y ciertamente, eso sonaba liberador, pero también tiene un costo enorme. Cuando hay demasiadas opciones:

  • elegir se vuelve pesado,

  • equivocarse da miedo (mucho),

  • cambiar de rumbo se vive como fracaso.


Entonces aparece una culpa en silencio: "Si no estoy satisfecho, debe ser porque tomé malas decisiones". Y así, un cansancio contextual se convierte en culpa personal.


¿Te resuena?


Y esta culpa encuentra su terreno fértil en el trabajo, porque ahí es donde supuestamente debíamos materializar ese 'puedes ser lo que quieras'.


Mujer adulta reflexionando en un entorno laboral corporativo durante una crisis de sentido profesional.
¿Realmente esto es lo que quiero seguir haciendo?


Trabajo, identidad y reinvención

En la conversación con mis amigos, el trabajo apareció como un eje central. Hablamos de nuestros éxitos, pero también de nuestra desorientación.

Cada vez es más común ver personas de nuestra generación que cambian de carrera o reinventan su vida laboral, y el abandono de un camino "lógico" aparece cada vez más con mayor frecuencia. Muchos lo hemos vivido con vergüenza.


Alguna vez, cuando recién falleció mi abuelita, escuché de voz de uno de los amigos de la familia: "tanto que costó tu carrera para que terminaras echando cartas..."

Ya te imaginarás como me sentí.


Y entonces, surgen frases internas que seguro te sonarán conocidas:

  • “Debería estar más adelante”.

  • “No fui constante”.

  • “Voy tarde”.

  • “Algo está mal conmigo”.


Lo que esta persona no entendió —y lo que yo tardé meses en comprender— es que a veces el alma se desocupa de un rol para poder ocuparse de su verdadera misión.


Creo que es importante decir algo que he aprendido en sesiones con gente de mi edad: no toda estabilidad es salud y no todo cambio es huida. También existen renuncias conscientes o respuestas más profundas.


A veces cambiamos no por fallo, sino porque ya no cabemos ahí donde estábamos.



Un mundo cada vez más hiperconectado —y estimulado—

Y sí: estamos sobrecargados.


Respondemos mensajes, vemos reels, memes, opinamos, reaccionamos… pero cada vez hay menos espacios para hablar de las netas, tiempos para escuchar sin prisa y a veces, simplemente, para acompañarnos sin resolver. Estamos tan entrenados para responder estímulos que hemos perdido notoriamente la capacidad de sostener el vacío.

Y el vacío —tan preciado en las filosofías orientales— es donde aparecen las preguntas que realmente importan.


Tampoco quiero decir que es culpa de la tecnología —gracias a ella me lees ;)—. Creo que más bien es una invitación a revisar cómo nos vinculamos en tiempos de hiperconectividad.



Una espiritualidad más adulta para habitar el alma

El alma... un concepto que cuesta nombrar según nuestro marco de creencias.

Pero algo que he encontrado es que este desencanto no es un castigo del alma, mal karma o falta de vibración "buena ondita". Tampoco es una patología: es la crisis iniciática que ocurre cuando confundimos el mapa (el guion social) con el territorio (el camino del alma).


Estamos en un punto donde ya no podemos vivir en automático. Y aquí es donde entra la espiritualidad, porque cuando es adulta, no anestesia: acompaña sin promesas mágicas y devuelve responsabilidad sin culpa.


Esta espiritualidad adulta de la que te hablo no viene a darnos otro guion, viene a entrenarnos en la incertidumbre. Como El Loco del Tarot, nos enseña a caminar sin garantías, pero con total presencia. Nos recuerda que el sentido no se encuentra, se va tejiendo en cada elección honesta, por pequeña que ésta sea.


Grupo de amigos adultos compartiendo apoyo emocional y contención en la madurez.
Las redes de apoyo no se heredan: se construyen, se cuidan y también maduran.

Las redes de apoyo

Al final de esa comida, algo nos quedó claro: ¿que tanto sigo haciendo por voluntad y que otra parte sigo sosteniendo por obediencia?


Eso nos llevó a entender algo muy concreto: la nostalgia de la prepa no basta para sostenernos. Los vínculos, como nosotros, necesitan crecer, actualizarse y madurar. Que si queremos apoyo, hay que pedirlo y cultivarlo.


Por eso acordamos algo simple pero muy poderoso: hablarnos mejor.

No "vernos más" desde la expectativa, sino desde el compromiso modesto de hacer espacio... aunque no haya nada importante que decir o cumpleaños que celebrar. Al final, nos tenemos a nosotros mismos.


En un mundo hiperconectado pero emocionalmente fragmentado, el acto más espiritual puede ser simplemente hacer espacio para la verdad del otro, sin intentar componerle la vida al otro. Estoy seguro de que no siempre lo sagrado está en el templo, sino en la mesa compartida donde podemos decir: "Estoy desencantado, y está bien."


Quizá el verdadero desencanto es descubrir que nunca hubo un guion.

Y que en ese descubrimiento habita también la posibilidad de escribir algo más honesto, aunque sea más difícil de leer.


Si este texto resonó en ti, quizá sea el momento de darte ese espacio.

Puedes agendar una sesión conmigo aquí.


Y si hoy no es el día, simplemente guarda esta reflexión o compártela con quien creas que la necesite.

A veces el primer paso es permitirse sentirse desencantado.

Lo que sigue —el reencanto— ya llegará a su tiempo.


Texto de autoría propia. Todos los derechos reservados ® Mike Aryan

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