¿Y dónde están los arcángeles?
- Mike Aryan

- 29 sept 2025
- 4 Min. de lectura
La primera vez que escuché la palabra arcángel no fue en el catecismo ni en un libro espiritual. Tampoco en los ambientes holísticos, donde más tarde pasé varias horas de lectura y aprendizaje. Fue en voz de mi papá.
Recuerdo que le pregunté, cuando aún era niño, en día en que se celebraba mi santo. Y mi papá me dijo: “Encontré en el calendario que el 29 de septiembre es el día de San Miguel Arcángel. No es San Miguel Ángel, sino arcángel”.
Aquella distinción me quedó grabada. No entendía qué significaba esa diferencia entre "ángel" o "arcángel", pero intuía que había algo especial en esa palabra. Algo que quizás nombraba una fuerza distinta, superior y protectora.

La adolescencia: juegos de fe y primeras fascinaciones
Años después, en el catecismo, realicé varias veces una dinámica que se llamaba “Ángeles y peregrinos”, que era algo parecido a un amigo secreto. Entre catequistas fomentábamos el cuidado entre nosotros, dejando mensajes y pequeños gestos para acompañarnos en la fe. Aquello me enseñó que los ángeles también podían ser metáforas de convivencia y de hacer comunidad, pues un ángel siempre guía por el bien a su peregrino.
Pero la verdadera fascinación comenzó con los manuales de la autora Lucy Aspra, que para mí fueron la puerta de entrada a un mundo inmenso. Gracias a ella conocí a los siete arcángeles, y con ellos, una manera más amplia de mirar lo divino, más allá de la tradición religiosa:
Miguel, protector y defensor.
Rafael, sanador de cuerpo y alma.
Gabriel, mensajero y comunicador.
Uriel, iluminador de la mente y los caminos.
Jofiel, inspirador de la belleza y la claridad.
Chamuel, guía del amor y las relaciones.
Zadquiel, portador del perdón y la transmutación.
Con Zadquiel viví una etapa especial, pues con los ejercicios que la autora proponía, comprendí que no bastaba con “invocar” a los ángeles esperando su ayuda: también había que hacer un trabajo personal. El perdón no es magia automática, es elevar la frecuencia del propio corazón para estar a la altura de la luz que representan.

Después de muchas prácticas con los siete guías, vendrían más experiencias espirituales en el Colegio Mexicano de Reiki y en distintas escuelas de angelología. Ahí aprendí invocaciones y prácticas muy propias de ese misticismo: usar piedras, velas, colores, días específicos… toda una serie de símbolos que ayudaban a “conectar” con los ángeles. Y claro, todo esto lo aplicaba de manera práctica en mis lecturas de Tarot, donde siempre tenía una vela encendida para pedir la protección de San Miguel.
Hoy, con el tiempo y tras años y años de procesos personales, entiendo que ese desarrollo místico fue un paso necesario. Hoy lo puedo ver con gratitud, porque antes de poder reconocer a los arcángeles como arquetipos internos, primero necesité empatizar con su energía a través de formas visibles y concretas. Fue el lenguaje que me permitió entrar en contacto con ellos y conmigo mismo.
Una espiritualidad más aterrizada
También conocí a voces como la de Tania Karam y a varias de sus alumnas —a través de sus libros y su trabajo en internet— que ampliaron la conversación angelical hacia una espiritualidad más contemporánea y expansiva.

Pero debo reconocer que el verdadero descubrimiento llegó en carne propia, al atravesar decepciones amorosas, frustraciones laborales, malas rachas económicas y por supuesto, la pandemia. Todo esto terminó por enseñarme que los arcángeles no eran solo presencias celestiales que podía invocar, sino virtudes que necesitaba encarnar para hacerle frente a la vida con sentido:
Miguel, cuando tengo que poner límites.
Rafael, cuando me atrevo a mirar sin miedo mis heridas para sanar.
Gabriel, cuando encuentro la valentía de decir lo que antes callaba.
No ha sido un camino de estudio, sino de vida.
Y tal vez por eso hoy los entiendo como metáforas vivas de procesos internos: luces que se encienden cuando el alma atraviesa su noche.

¿Y dónde están los arcángeles?
Hoy me relaciono con ellos de una manera diferente que cuando comencé. No dependo de rituales ni de objetos externos para sentirme acompañado, aunque los honro y de vez en cuando, los utilizo para volverme a sintonizar. Mi fe no se debilitó; al contrario, se ha vuelto mucho más clara.
Y al mirar atrás, sonrío, porque cada etapa de mi camino con los arcángeles fue necesaria. De hecho, escribo esta reflexión gracias a un detonante simbólico: hoy, a las 8:22 de la mañana, recibí una llamada de mi papá para felicitarme por mi santo.
Quizá, al final, la respuesta a la pregunta “¿y dónde están los arcángeles?” sea simple: están donde los dejas entrar. Están donde decides encarnarlos. Ellos están en ti, esperando a que te atrevas a mirar hacia dentro.

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Que los ángeles te recuerden, como a mí, que nunca estamos solos.
Texto de autoría propia. Todos los derechos reservados ® Mike Aryan








Mike! Que bonito blog!
Te admiro.
Ya deberías escribir un libro!